sábado, 15 de noviembre de 2014

Sonreír y andar



En lo poco que he andado, aprendí que, aunque no sé qué sucederá mañana, ir a paso firme es lo que me permitirá llegar sólido a mi destino. Aprendí que cuando solté el pesado equipaje que llevaba y viajé liviano, empecé a ver los detalles hermosos de la vida, como lo son: un hermoso amanecer y los bellos colores de los atardeceres a la orilla de la playa que quitan el aliento, y aunque no sé qué me depara el futuro, he decidido vivir el hoy como un gran regalo que Dios me ha dado. No está mal recordar de vez en cuando que hoy es el futuro de ayer, cuando aprendí a soltar y a dar, fue cuando más gane. También aprendí que no hace falta tener mucho dinero para ser feliz, y que cuando lo único que tienes es el hoy, definitivamente aprendes a vivir con lo que tienes. En mi andar he visto la transparente y cálida sonrisa de un niño vendiendo flores y la sonrisas inefables de otros meciéndose en un columpio, eso me enseñó que el ser considerado rico por tener mucho dinero, no te hace rico y el ser considerado pobre por tener poco dinero, tampoco te hace pobre y que la razón por la que usamos estas palabras para definir a uno y a otro, es porque las sacamos de contextos precisamente porque no sabemos el verdadero significado de cada una, ya que la verdadera riqueza es tener un espíritu noble que da sin esperar recibir nada a cambio. La pobreza la llevan en el alma aquellos que sólo piensan en sí mismos, que no son capaces de dar gracias por el preciado regalo que es la vida, y que nosotros somos los que decidimos que tan ricos o pobres podemos ser. He visto a personas que con mucho, hacen muy poco, y otras que con poco, hacen mucho.

De mi madre aprendí que al mal tiempo siempre hay que ponerle buena cara, y que hay que recibir cada día con entusiasmo y que si necesito un buen concejo, ella estará ahí y me alentará con todo la complicidad posible. De mi padre, que si quieres hacer sentir a una niña de seis años segura, debes acobijarla en las noches y quedarte ahí hasta que se duerma; también aprendí que si quiero encontrar apoyo y gente con quien compartir mis ideas, incluso las que parecen más alocadas, mis amigos siempre estarán ahí para reír cuando sea necesario y llorar cuando la ocasión lo amerite, que con ellos puedo ser un poco inmadura si quiero, y todo seguirá estando bien, que aunque los amigos que tengo los puedo contar con los dedos de una mano y me sobran dedos, no necesito un millón de amigos para ser feliz, la cantidad nunca supera la calidad. Aprendí en muchas ocasiones, que la ausencia de personas a mi alrededor me ha hecho bien, porque me ha llevado a conocer mi interior y el estar a solas conmigo misma me ha llevado y enseñado a ser mejor persona cuando estoy acompañada, que los ruidos en ocasiones distraen pero el silencio te grita quién eres en realidad.

Del amor, que la única forma de gozarlo plenamente es mostrándome como soy con todas mis facetas, con mis buenas caras y las malas también. Aprendí que puede haber sexo sin amor y amor sin sexo y que la más dulce y tierna caricia se da con los ojos abiertos y se recibe con los ojos cerrados. Aprendí a reír a carcajadas y a llorar devastada de ser necesario, también a no disimular mis estornudos, a estornudar con fuerza y que cuando estornudo sin disimular, la sensación de seguir sollozando se me quita por completo. Que nunca podré esconder mis emociones por más que lo intente, y que eso me da autenticidad. Que lo que pasó ayer me preparó para el hoy y que el día de hoy me está preparando para mañana, que los principios y las convicciones no son negociables. Que no soy ni mejor ni peor que nadie, sino simplemente la mejor versión de mi misma, con mis aciertos y desaciertos y que, en los momentos más difíciles, siempre hubo alguien extendiéndome la mano para con ella hacerme subir un escalón más, que ese alguien tiene muchos nombres como: Señor, Príncipe de paz, Jehová o Dios y que de todos sus nombres mis preferidos son los de padre y amigo. Aun me falta mucho por vivir, pero si sigo creyendo en el como una niña, su gloria nunca se apartará de mí, y más temprano que tarde, hará llover sus bendiciones y me seguirá mostrando lo que me resta por sonreir y andar.

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