Hoy es un día triste. José de Arimatea acaba de bajar desde la cruz el cuerpo sin vida del Mesías. Las calles están vacías y la tierra gime; la noticia corrió como pólvora por Jerusalén. Es un acontecimiento inédito. El sitio predestinado para castigar y dar muerte a los malhechores llamado “Gólgota” Sirvió de escenario para que el hijo de Dios cumpliera con el propósito por el cual vino a este mundo: Dar su vida a cambio de lo que se había perdido.
Hoy, al volver al madero, recordé la primera vez en que me vio directamente a los ojos, esa vez cuando su mirada cambio mi vida Cualquiera en su lugar, me habría visto con odio porque las razones por las que lo clavaron en esa cruz son tan irónicas como lo escrito en el trozo de madera tirado en el piso a mi izquierda.
Quien diría que lo que empezó como un día cualquiera terminaría en un encuentro cara a cara con él. ¿Cómo explicar lo que sentí? solo puedo decir: Que su mirada penetra en lo más profundo del alma de aquellos que se atreven a alzar la vista hacia la cruz, les da un nuevo sentir y cambia las razones que tenían para vivir llevándolos a morir por ellas de ser necesario.
Porque todo el que quiera ganar su vida, la perderá; y el que la pierda por causa mía, la hallara. Mateo 16:25
Me arrodillé y recogí el trozo de madera. Tenía inscrito el nombre con el que su verdugo lo coronó “Príncipe de los judíos”. Me pregunto, cuál de los mensajes predicados por él, fue el qué los ofendió, pero tal vez estoy errada y más que un mensaje lo que los ofendería seria su estilo de vida, porque su forma de vivir siempre resulta ofensiva a todos los autoproclamados maestros o sabios; cuyas acciones dicen todo lo contrario a sus mensajes. El nunca se permitió vivir a medias y las convicciones que lo llevaron a vivir a plenitud son las mismas por las que dio su vida:
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
S. Juan 3:16
Esa fue la consignas por la que llevo su cruz sin queja alguna, a pesar de saber que, con solo decir unas cuantas palabras habría dejado a todos sus acusadores fuera de juego; pero le dio más valor a su misión que a su propia vida.
Para el maestro vivir carecía de sentido sino tenía algo porque morir.
Mientras sostengo este trozo de madera, mi mirada se pierde en el horizonte y no puedo evitar llorar, y temblar al saber los detalles de cómo lo acusaron injustamente, cómo lo torturaron y ofendieron... aunque pensándolo bien, yo también forme parte de ese circo que pidió su vida, al igual que ellos yo, hable mal de otros muchas veces, en más de una ocasión herí a otros a pesar de saber el daño que mis palabras causaban, y ¿qué de todas esas veces en donde mentí cobardemente y lo justifique diciendo que no perjudicaba a nadie... ¡Oh, yo no soy mejor de los que pidieron su muerte!, Soy tan culpable como lo son ellos; pero el sabía muy bien lo que hacía y para que no quedara duda alguna de las razones por las que entregaba su vida, con un esfuerzo sobrehumano, pronuncio las palabras por las que soy libre: “¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”. A quienes lo quieren seguir, los recibe con los brazos abiertos; les sacia su hambre de concejo y sed de paz, les da motivos para vivir y con tierna voz les dice: “Lo que te trajo hasta aquí fue tu corazón, por eso sigue lo que él te indica, si sigues tu corazón, te ira bien; el hacerlo te llevara a lugares que nunca imaginaste y a hacer tus sueños realidad, será más increíble de lo que soñaste, Podrás venir a mí en busca de consejo siempre que quieras y quedarte el tiempo que quieras también. Te ganaste ese derecho el mismo momento en el que rompiste las barreras mentales que te impedían creer; tu historia apenas acaba de empezar.

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