sábado, 27 de junio de 2015

Un problema, Una oportunidad

  Las temporadas de cambio no siempre llegan solas; a veces hay que dar los pasos necesarios para provocar estos cambios. Cada vez que nos adentramos en algo nuevo llegan oportunidades que usualmente están disfrazadas de problemas, por esto es muy importante mantener los ojos abiertos para no dejarlas pasar. Recuerdo una de esas oportunidades en la cual pensé que, lo que estaba viviendo no era sino una pérdida de tiempo, sólo una mala racha que a la final no me serviría de nada. Corría el año 2005, un jueves de Abril por la mañana. Me aliste para salir de casa. Mi madre me dio su bendición, en mi mano llevaba una bolsa llena del producto que vendería ese día. Mi punto de partida era la terminal de Acarigua, una pequeña ciudad de portuguesa, uno de los estados agricultores de Venezuela en dónde nací y crecí. Llegué como de costumbre a las ocho de la mañana; lista para esperar el siguiente autobús que salía rumbo a Valencia. El llegar a esa terminal me recordaba que un nuevo día estaba por empezar y seguro tendría que enfrentar a otros vendedores, aparte de enfrentar mi miedo de hablar en público, lo cual era todo un desafío para mí, por lo tímida que siempre había sido; pero la escasez de empleo que había en mi ciudad, no me dejó otra opción.

  Al voltear a mi izquierda, veo a mi más fuerte contrincante, una vendedora que llevaba más de cuatro años trabajando en los autobuses, me miró de manera desafiante, era su forma de intimidarme y así mantenerme fuera de su camino. Todavía recuerdo el día en que la conocí y su saludo de bienvenida fue: "¡Espero no te interpongas en mi camino si quieres permanecer con el rostro intacto!" Ella era la líder de un grupo de cinco chicas que llevaban cuatro años vendiendo en esa zona, cobardemente baje la mirada. Sabía que hablaba enserio porque uno de los vendedores de café apodado por los demás como “Mente”, un hombre no muy alto, delgado, y piel morena, quien siempre usaba lentes oscuros, me había hablado de ellas y también me dio un breve resumen de lo que vería en este pueblo sin ley llamado peaje, cosa por la que le estuve muy agradecida; pero con el pasar del tiempo, entendí que Mente era un apodo bien ganado para alguien que se la llevaba bien con todos, pero que no era amigo de nadie. Mente era simplemente alguien que siempre sabía cómo inclinar la balanza a su favor esto hacía que saliera bien librado de cualquier problema; aparte de ser alguien capaz de hacer un reporte sin omitir un sólo detalle de las historias que abundaban en ese sitio donde las autoridades se hacían de la vista gorda de lo que pasaba a su alrededor y en donde la ley del más fuerte era la que se imponía. Me aconsejó que no intentara dármelas de heroína y me alejara de esas chicas todo lo que pudiera. Seguí su consejo y decidí hacer todo lo posible por pasar desapercibida. “¡Eh muchacha, el autobús está por salir!” Me dice el colector del autobús por el que estaba esperando. En Venezuela se acostumbra que aparte del chófer, haya otra persona para colectar el pasaje quien se asegura de facilitarle el trabajo al chófer de manera que este centre su atención en manejar.

  Subí al autobús y este empezó a andar, mi corazón latía a mil por hora porque sabía que, en aproximadamente 10 minutos, me tocaría hablar ante 45 personas de manera recia para que todos me escucharan, segura para convencer a todos que este producto les sería útil, pero al mismo tiempo, graciosa para ganarme su afecto y así crear un ambiente de confiabilidad y, aunque supieran que lo podían comprar en cualquier parte, sintieran la necesidad de comprarlo conmigo. El producto a ofrecer ese día: ¡Cepillos de dientes! Sé que están pensando, ¿y qué se puede decir acerca de un cepillo dental? Se sorprenderían de las excusas que encuentran los vendedores para promocionar cualquier cosa que tengan en la mano. En una de esas veces que esperaba la salida del autobús en la terminal, un anciano que estaba sentado en unos de los bancos me preguntó: ¿y tú que vendes? A lo cual respondí, con cierto aire de tristeza en la mirada y sin ningún tipo de entusiasmo: “¡Cepillos de dientes, Señor!” El anciano se paró del banco mientras se apoyaba en su bastón y me dijo mirándome fijamente a los ojos: "¡Te falta mucho por aprender, muchacha, porque esto no se trata de lo que vendes, se trata de ti! ¡No lo olvides! ¿Se trata de mí? Si fuera por mí, no estaría aquí pensé, si tan sólo tuviera una mejor opción… si tan sólo… Sentí que la vida me daba una bofetada haciéndome despertar de mí sueño. ¡Oh, esa niña de 10 años que soñaba con viajar y conocer otros continentes! Ella no se merecía esto, le había fallado.

   Pasados los minutos el colector me mira con un gesto de ¡Ya es la hora! Los nervios siempre son los mismos en el primer autobús y en el transcurso del día al bajar y subir de los autobuses se van disipando; para mí era como romper el hielo porque de cierto modo, ese primer autobús me condicionaba para el resto del día. Una de las cosas que aprendí en este trabajo es que cuando le tienes miedo a algo lo mejor es hacerlo sin pensarlo mucho. Usualmente, me paraba en el pasillo, entre los dos primeros asientos, manteniendo el equilibrio mientras el autobús continuaba su rumbo, llenaba mis pulmones con una bocanada de aire y así empezaba mi día: “¡Buenos días, señoras y señores! El producto del que le voy a hacer entrega no pica, ni muerde; así que, puede agarrarlo sin ningún compromiso.” Camino hasta el final del autobús repartiendo los cepillos a todos los presentes, luego vuelvo a pararme entre los dos primeros asientos y doy la charla final: “El cepillo que le acabo de entregar tiene mango anti resbalante, limpiador de lengua y celdas suaves, lo que evita que se le rompan las encías, y si me compran dos, les regalo uno, y no puedo hacer más nada por ustedes señores” Por lo general, procuraba finalizar con algo gracioso a lo que la gente respondía con risas y al mismo tiempo me hacía ver espontanea. Al llegar al primer peaje, la bolsa estaba un poco más liviana; pero igual, faltaban más autobuses por tomar hasta vaciarla por completo. Para ese entonces, los peajes eran los sitios donde todos los chóferes de carros o autobuses paraban por un breve momento a pagar un impuesto exigido por el estado.

   Al llegar, tal como lo esperaba, esas chicas estaban allí siempre con la misma mirada amenazante, estaban acostumbradas a pelear y para ellas, yo por ser nueva, estoy invadiendo su territorio. En el peaje todos las respetan y nadie se atreve a meterse con ellas; se han hecho una imagen de chicas duras y se han impuesto a cuanto vendedor se les ha atravesado en el camino. Siempre que las veía recordaba el consejo de Mente así que no me buscaba problemas. Esperaba un poco más para tomar los autobuses que quedaran rezagados por ellas; normalmente eran los que llevaban poca gente, y así entre rezagado y rezagado hacía mi día. Ahora que lo pienso mejor, me doy cuenta de que no era fácil verlas sonriendo. Estoy segura que detrás esas miradas desafiantes, cada una de ellas tenían una historia triste que contar. Cuando salí esa mañana de casa, el cielo estaba nublado. Una tormenta se acercaba y eso hacía más complicado todo porque encontrar un sitio donde refugiarse de la lluvia no era fácil. Y a pesar de que el peaje estaba techado, a los vendedores no se nos permitía esperar los autobuses allí. Así que por lo general, solíamos refugiarnos del sol debajo de un árbol frondoso ubicado en frente del peaje y cuando veíamos un autobús a lo lejos, corríamos hasta alcanzarlo en la breve parada que hacían para pagar en el peaje. La fuerte tormenta no se hizo esperar. Debajo del árbol sólo estábamos tres vendedores: Mente vendiendo café, un chico vendiendo dulces de cocos y yo con mi bolsa de cepillos. Cada uno corrió a refugiarse a dónde pudo. Le hice un nudo a mi bolsa y corrí hasta un viejo kiosco abandonado que se encontraba a unos cuantos metros del peaje, al cual sólo le quedaba el techo. Llegué un tanto empapada y coloque mi bolsa en el piso. Mientras esperaba que la lluvia pasara, un pensamiento se apodero de mí y me repetía constantemente: “¡Esto es pasajero; sólo resiste un poco más!” “Al igual que esta tormenta, esto también pasara, porque en el libro de tu vida aún faltan muchas páginas por escribir...”

   Esa voz interna tenía razón. Aproximadamente, seis meses después había ahorrado algo de dinero y con la ayuda de mi madre, terminaría de completar lo necesario para mudarme de estado a hacer un curso de tripulante de cabina. Al pasar de unos años, viajaría a Europa, aprendería inglés y un día al buscar empleo, me darían la oportunidad de formar parte del grupo de vendedores de una empresa turística. Pensar que me queje tanto cuando pasaba por todo aquello; nunca imagine que esa experiencia sería vital para desempeñarme de manera satisfactoria en lo que hago. Y aunque en el libro de mi vida aún faltan muchas páginas por escribir he decido apreciar la enseñanza de este momento el cual a su vez me está preparando para algo más grande que yo. Por eso, nunca menosprecies ninguna situación por la que pases porque probablemente, es un entrenamiento previo para lo que te espera. Después de diez años fue que pude entender las palabras de aquel anciano: "No se trata de lo que vendes, se trata de ti". Nunca se trató de los cepillos de dientes. Siempre se trató del aprendizaje que ese momento me estaba dando y de mi actitud pese a las circunstancias. Por eso te digo que no se trata:

del divorcio

de la soledad

de la separación

de la crisis financiera

de la edad

de las decepciones

de quien te falló

de la enfermedad

de la viudez

  O cualquiera sea las circunstancias por las que estés pasando, esto se trata y siempre se tratará de ti.

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