Con una mirada me dices tanto que no tienes que hablar. No hace falta que me expliques tus caras mal disimuladas, ni el porqué de tu silencio algunas veces; así como tampoco necesito que busques palabras para convencerme de lo que piensas de mí. Tu mirada me dice que no soy lo educada que te gustaría que fuera, también que te asusta la fuerza con la que actúo algunas veces; pero que no te resistes a lo espontánea y graciosa que soy sin proponermelo, que al final en vez de ser la dulce niña que esperabas, resulte ser una osa que le gruñe al que se atreva a tocarle a uno de los suyos.
Por eso, la próxima vez que me veas, quiero lo hagas directamente a los ojos, y así podrás ver que las veces que me han llamado mal educada es porque me canse de las injusticias y en vez de pensar lo que iba a decir, dije exactamente lo que pensaba, que la razón por la que te ríes de mis ocurrencias es porque hace mucho perdí el temor de mostrarme tal y como soy.
Cuando me veas luchando de tal modo que no me reconozcas, no te asustes, es que me han golpeado tan fuerte que preferí hacer limonada con lo que tenía a cruzarme de brazos y esperar que se me pasara la vida sintiendo pena de mí; pero si te permitieras conocerme mejor, te sorprendería lo delicada que puedo llegar a ser y que a pesar de mis errores, los que reconozco y los que niego tener es mucho lo que tengo para dar.
Cuando notas que callo en vez de discutir contigo, es porque también aprendí a identificar los momentos en los que el silencio habla por sí solo, Así que la próxima vez que estemos frente a frente, recuerda mirarme directamente a los ojos y te darás cuenta de que, aunque parezco una osa cuando lucho por los míos y por lo que considero justo, también soy una delicada flor, que a sabiendas de que el calendario le tiene fecha de caducidad, supo reconocer el momento justo para extender sus pétalos porque en su lenguaje nunca existió la palabra rendición.

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